Cambio de costa...

sábado, abril 17, 2010 Posted by Irene Flores Ruiz

Hace más o menos 20 años que descubrí el mar aunque, la verdad, no tengo imágenes de ese recuerdo. ¡Qué lastima no poder recordar todo cuanto ha pasado por nuestras vidas! Nuestra mente tiene muchas lagunas que me gustaría suplir... Pero, seguramente, esa primera vez me llenó tanto como otras tantas veces. Con las fotografías guardadas en álbumes polvorientos, me traslado hacia esa sensación de libertad, jovialidad y felicidad que me brinde el mar con su olor particular y su sonido al romper las olas en la orilla...

Es cierto que no todos los mares son iguales a pesar de tener todos un color azul verdoso pues a cada ser humano le despierta diferentes sentimientos. Uno de los primeros mares que descubrí, allá cuando era niña, fueron los situados en la región de Murcia y más precisamente en las localidades de Lo Pagán o Santiago de la Ribera: dos pueblos de no más de 8000 habitantes que solía visitar hasta hace muy poco.

Y es que a pesar de ser pueblos pequeños, están bastante bien situados en las orilla del Mar Menor y muy cercanos al Mar Mediterráneo. Es cierto que a no mucha gente, entre los que me incluyo, les suele gustar el Mar Menor por su alta temperatura a los que los vecinos de la playa de Villananitos (mi primera playa) solían tildar de "caldo" y por las algas verdes cuyo tacto se asemejaba al de una esponja, por lo que más de una vez, me llevaron a la playa de las Mil Palmeras, una playa diferente con gran oleaje y con temperatura más bien fría.

Una bonita y alegre playa pero con un ligero inconveniente que es el de no escapar al bullicio de los veraneantes cuando llega el período estival y de la edificación en sus alreredores. Pero a pesar de ello, recuerdo aquellos castillos de arena construidos con fosos que solíamos rellenar de agua con cubos de plástico de colores...

Y como el post de hoy es sobre esta región, quiero enseñaros un lugar de ensueño que descubrí ya en edad un poco más adulta situado cerca de la Manga del Mar Menor y llamado el Parque Regional de Calblanque dónde sus infinitas playas están protegidas contra cualquier trazo humano en las montañas.

Allí, en medio de calas perfectas dónde sólo se escucha el sonido de las olas al chocar con las rocas y dónde el "vecino de sombrilla" se encuentra a más de seis metros, es un lugar dónde pasar el día olvidándose de la rutina y poder ver un atardecer digno de postal. Pero si lo que os gusta es el deporte al aire libre, debéis subir al Monte de las Cenizas o Peña del Águila. Yo lo hice en bicicleta y, la verdad, que la subida mereció la pena porque las vistas desde allí son alucinantes.


Es cierto que no olvidaré estos lugares puesto que me traen muy buenos recuerdos... a parte de las playas paradisíacas aquí arriba comentadas, las tres vueltas realizadas al Mar Menor en bicicleta con sus innumerables anécdotas, los helados de mora mientras dábamos una vuelta por el paseo marítimo, las susulentas paellas con gambas rojas en el restarurante "Venezuela" de Lo Pagán, las fiestas por La Curva ahora cerrada... Me ivade la nostalgia...

Ahora cambiamos de aire y otra costa se abre ante mí que es la de Denia. Espero que a partir de ahora, esos sentimientos que recordaré a lo largo de mi vida me llenen de nuevo cuando descubra uno de los próximos destinos que frecuentaré más adelante. ¡Adiós Lo Pagán! ¡Bienvenida Denia!....

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