La verdad que para los seis días que esquiamos, realizamos un pleno como se suele denominar en el juego de los bolos porque estuvimos cinco días surcando la nieve andorrana. El tiempo acompañó durante la mayoría de los días con cielos despejados y nubosos con algún que otro copo de nieve hasta que llegó el temible veinticinco de febrero: en la zona de Gran Valira, no olvidaré la sensación de estar esquiando con vientos de hasta 80 kilómetros por hora dónde mi cuerpo era conducido hacia las direcciones menos esperadas y la nieve que golpeaba mi cara me hacía reflexionar acerca del por qué me gustaba aquel deporte.
Pero lo peor fue el via
je de vuelta cuando la llamada "ciclogénesis exposiva" estaba en su clímax. Estando de copiloto en el coche, estaba asustada. El coche, en vez de ir en línea recta, deanbulaba de un lado para otro. L
a arena que había en los arcenes de la autovía golpeaba el parabrisas delantero con fuerza, los árboles danzaban cada vez más rápido. Además, escuchar las noticias acerca de este fenómeno me ponía la carne de gallina porque lo estaba sufriendo a la vez que estaba pasando. Aquello parecía el apocalipsis y sino contemplen las fotografías que tomé en el viaje... La tierra estaba de lo más enfadada aquel día...
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